Juan Pablo Cambariere

―Diseñador y artista, docente

Creo que el principal problema son las etiquetas. Para mí fue fácil notarlo porque estudié dos carreras en simultáneo: Bellas Artes, en la Prilidiano Pueyrredón y Diseño Gráfico, en la Uba. En la UBA todos me veían como un artista delirante, medio loco. En Bellas Artes era lo opuesto, me veían como una especie de publicista marketinero, sólo interesado en el mercado. Yo no era ninguna de las dos cosas, obvio.

Tenemos una necesidad desesperante de etiquetar todo: éste es el loco, el creativo, el drogón, el trabajador, el culto, el honesto, el bueno, el malo, etc. Para mí no hay diferencia a la hora de hacer una tapa de un libro o una exposición de marionetas, no veo la diferencia entre lo que llamamos diseño y lo que llamamos arte. En ambos se intenta transmitir algo, en ambos existen una serie de recursos para lograrlo, en ambos existe un comitente y en ambos existe un destinatario. Lo que diferencia hoy al arte y al diseño es la comercialización. Los mercados de ambas disciplinas son diferentes, pero eso no tiene por qué influir en mi forma de trabajar.

Supongo que la creatividad es algo que se puede enseñar (o incentivar) con distintas metodologías, pero estoy seguro de que la educación conductista, lejos de ayudar, anula al alumno. Para empezar, se lo llama “alumno”, o sea, carente de luz. Creo que todos somos creativos, el problema es que el sistema educativo nos va embruteciendo. Un niño que todavía no pasó por la escuela nunca te va a decir “yo no sé”. Ningún nene responde “yo no sé bailar” cuando se le pide que baile; o “yo no sé dibujar” cuando se le pide que dibuje. Agarra el lápiz y dibuja, listo.

Lo opuesto ocurre con la gente que ya hizo todo el primario, todo el secundario y está promediando una carrera en la facultad. Lo que te aclaran todo el tiempo es todo lo que no saben hacer: “yo no se bailar”, “yo no se dibujar”, “yo no soy creativo”. Es un horror. Es muy común que los estudiantes de la Facultad te digan “estoy en blanco” o “no se me ocurre nada” para tal o cual trabajo práctico, pero eso nunca es cierto. Cuando me decían eso me quedaba un rato charlando con ellos y preguntándoles cómo podía ser que no se les ocurriera nada, y siempre el desenlace era el mismo: me decian “se me ocurrió esto y aquello pero me parecieron ideas muy malas”, y siempre las ideas eran viables, en algunos casos estupendas para desarrollar en el ejercicio que estábamos haciendo. La escolarización y la adultez te generan una capacidad de autocensura horrible. Hay en juego mecanismos de enseñanza inhibitorios, porque los sistemas de producción que pretendía la Revolución Industrial se replicaron en la enseñanza.

Si alguien me preguntara cómo hacer para ser más creativo, supongo que lo primero que le diría es que no se inhiba, que no se ponga barreras absurdas. Porque cuando pienso en piezas de diseño que me gustan mucho no sé si las ideas son necesariamente geniales, tal vez simplemente es la idea justa, en el momento justo, su aplicación o desarrollo correcto, sin un virtuosismo increíble. En segundo lugar, le aconsejaría cambiar sus rutinas. La mayoría de la gente se pone muy feliz y perceptiva cuando viaja, por ejemplo. Si hay disfrute, seguramente se encuentren soluciones más interesantes al momento de diseñar.
Y también si se cambian las rutinas se pueden dar con nuevas soluciones a viejos problemas. Recomiendo leer Ágilmente y En cambio, ambos de Estanislao Bachrach. Él explica cómo el cerebro adora las rutinas, porque básicamente son ahorro de energía, pero las rutinas, la repetición, son una cárcel para la creatividad y la innovación. Otro libro estupendo para entender el sistema educativo actual es El maestro ignorante del francés Jacques Ranciére.

En diseño también adoran la repetición porque el entorno es muy conservador. El mercado editorial no deja grandes márgenes de ganancia, entran en juego los tiempos y hay miedo al cambio, a recorrer nuevos caminos y a encontrar otras soluciones. Si en una editorial grande decidís hacer una tapa de manera diferente y ese libro vende mal, sienten que se cometió un error gravísimo, pero si hacen lo mismo de siempre y el libro vende mal (casi todos los libros venden mal, sépanlo) entienden que no es culpa de nadie, simplemente vendió mal. Eso es tremendo, pero hay que tener paciencia e ir sembrando. Recién después de siete años de trabajo con una de las más grandes editoriales de habla hispana pude hacer una tapa sin texto, por ejemplo. La idea fue: si en la librería hay seis mil libros y todos tienen la tipografía gigante, por qué no hacer uno que directamente no tenga tipografía, que hable sólo desde la imagen. Y funcionó muy bien. Lo diferente siempre destaca, pero hay que tener cierto coraje para animarse a ser diferente.

La otra clave, para mí, es probar. No tener miedo a equivocarse. El diseñador Bruce Mau declara en su maravilloso Manifiesto para el crecimiento: “Olvídese de lo bueno, lo bueno es la medida de lo conocido, crecer no siempre tiene que ser bueno”. Cuando empecé a diseñar el suplemento No (que sale todos los jueves con Página/12) su Director de Arte, el Sueco Álvarez, me dijo: “lo lindo que tiene ésto es que siempre hay revancha. Si esta semana no te salió una buena tapa, la semana que viene hay otra chance”.
Hay que intentarlo todo el tiempo, a todo el mundo le puede salir algo bueno. Lo veo siempre en la Facultad; gente que va con un perfil bajísimo y termina haciendo un laburo espectacular. Me acuerdo que Daniel Wolkowicz arrancaba las cursadas diciendo que si había 10.000 diseñadores que en su vida profesional hacían un diseño bueno, el diseño argentino iba a ser históricamente bueno. A mí siempre me pareció hermoso ese mensaje, siempre soñaba con cuál sería mi aporte a esa construcción del diseño gráfico argentino o latinoamericano.

Mi modo de trabajo con las marionetas que confecciono varía mucho según lo que me proponga hacer. Ya desarrollé un sistema, por lo cual cuando me pongo a hacer una marioneta “normal” te diría que casi no uso la creatividad. Tengo todo sistematizado. Corto brazos, torzos, cabezas, piernas y las combino. En cambio cuando estoy desarrollando una nueva muestra (las mecánicas por ejemplo) puedo estar 6 o 12 meses desarrollando una sola obra, porque ahí la búsqueda pasa por otro lado.

Trato de no poner mucha energía en la exposición mediática y en el reconocimiento externo, porque son cosas muy arbitrarias e injustas, tanto en el elogio como en la crítica. Creo que mi mayor logro profesional es que me pagan por hacer lo que disfruto. Me levanto entusiasmado cada mañana sabiendo que tengo que resolver un libro o una muestra, me parece que eso es un principio que puede ayudar a lo que en última instancia todos queremos, que no es ser un buen diseñador o un gran artista, sino ser felices. No creo que haya que tener pasión por el diseño, por la escultura o por el arte. Creo que hay que tener pasión por la vida, por cada cosa que se hace. De esa manera uno no depende del “éxito” profesional para ser feliz, puede ser feliz paseando en bicicleta.

Conversación con Juan Pablo Cambariere ―¡Leé la entrevista completa en el libro!

Juan Pablo Cambariere ―Bio

Diseñador Gráfico, Docente y Artista. Trabaja paraDiseñador Gráfico, Docente y Artista Plástico. Trabaja para sellos editoriales, como Random House Mondadori, Planeta, Sudamericana, La Bestia Equiláte y Siglo XXI, además del suplemento NO de Página/12. Creador del Creador proyecto escultórico “Marionetas” “Marionetas” que invita a reflexionar sobre la sociedad contemporánea.

http://www.cambariere.com/