Marta Zátonyi

―Filóloga, Doctora en Estética y profesora

Cuando se trata de creatividad hay tanto abuso. Tanta receta, tanto “om”, budismo deformado, reuniones extrañas, reducción exclusiva al psicoanálisis o a técnicas científicas. En los ‘80, después del gobierno militar, hubo una gran explosión de lo creativo. Pero no es mi área representativa, sólo tengo opiniones. No creo ni en una herencia, ni en un don. Todo el mundo tiene creatividad del mismo modo que tiene capacidad para aprender a caminar. No sé quién puso eso en el hombre, si Dios o la naturaleza.

Coincido con Borges en que hay dos maneras posibles de entender la creación del mundo: desde la religión o desde la ciencia. Las dos dan vértigo. Para mí una y otra son relatos. Con la creatividad me pasa algo así. Hay ya un ingrediente en el hombre y después diferentes niveles, estructuraciones de la genialidad. Además, la creatividad está medida desde un código occidental, pero no sé si un africano que inventa un modo de no morirse de hambre, por ejemplo, tiene más o menos creatividad que un pintor. La creatividad está enfocada en general a la pintura, la música, pero todo lo que es crear es genialidad.

Siempre que hablo del tema me acuerdo de una señora que en Hungría, después de la Guerra, inventó algo que acá ya existía: torta de zanahoria. Bueno, en Hungría no había prácticamente nada, y vaya a saber por qué en un momento apareció en esta nada la zanahoria y a ella se le ocurrieron comidas con esta zanahoria. Responder a la necesidad, a la demanda, inventar aquello que no existe, eso es creatividad. Y aunque parezca que no es comparable con lo artístico, en algún lugar resulta lo mismo. También está el tema del coeficiente intelectual, no sé quién inventó esa medición: entre un nene de 11 años de clase media alta y uno de la villa, no sé quién resuelve mejor ciertas cosas. Los tests de coeficiente intelectual son de origen norteamericano y no tienen en cuenta las diferentes formas de vida. No se puede medir el coeficiente intelectual de un africano con el mismo test que se usa para un chico de Cambridge. Por eso descreo de las mediciones convencionales.

Cuando me preguntan por el tema de la creatividad, del intelecto, no puedo contestar científicamente, y cada vez estoy más segura de que no tenemos vara para medir nada. Cuando medimos hacemos atrocidades. Eso sí, hay estímulos: buen alimento, buenas condiciones higiénicas, relaciones familiares, no violencia. Todo eso estimula cosas no medibles como la inteligencia y la creatividad.

El diseño es tan arte como la música. Si hablo sobre diseño hablo sobre arte. El diseño responde a necesidades inmediatas, concretas. Yo puedo vivir sin pintura, no sería agradable, pero puedo. En cambio, no puedo hacerlo sin vivienda, ropa o comida. Los diseños están relacionados con estas primeras necesidades. Creativo es aquel que tiene consciencia de que, antes que todo, debe responder a las mismas y aprovechar la oferta técnica. Responder de manera tal que se le de lugar al paso siguiente, como por ejemplo el muy conocido caso de la Bauhaus. La misma ya encierra futuras respuestas digitales. Todo lo que diseñan hoy está enredado con esa lógica digital. Para mí son creativos en cuanto toman la necesidad inmediata y las condiciones tecnológicas para dar un paso tan grande en la simbolización que ya no es propiamente necesidad sino necesidad secundaria.

Yo puedo hacer un cartel, un libro, una casa, pero eso sería construcción, y en ese sentido es importante marcar la diferencia entre el diseño y la comunicación per se. Todos comunicamos, eso no significa que todos diseñemos. William Morris, los Nabis (el grupo de artistas franceses de finales del siglo XIX), encierran un paso, abren una puerta, señalan un camino, echan luz y los siguientes millones pueden caminar hacia ahí. También hay una cierta realidad que se vincula con que el diseño es algo accesible: si uno pregunta cuál es la diferencia entre un jarrón de porcelana de Luis XIV en Versalles y un jarrón diseñado por Bauhaus que te cuesta 100 dólares, la respuesta es que el primero es considerado arte, y el segundo no. Pero para mí la única diferencia —amén de que uno no me gusta y el otro sí— es que el segundo resulta accesible. Eso marca una estética. Puedo decir que lo bello es aquello a lo que no puedo acceder o que aquello a lo que no se puede acceder es arte. Hoy, el cuchillo con que corto, los libros, la silla, todo es diseñado por Bauhaus y no es arte porque el arte está en Versalles o en el Palacio Anchorena. Yo no soy ni politiquera, ni agitadora, ni nada de eso, pero me molesta que eso se convierta en un determinante estético.

Hace años que junto imágenes de autos: de Mini Coopers, Chevrolets, autos de la India, diseños de hoy. Sobre sus mecanismos no sé nada pero los miro y pienso “¡Qué bellos!”. Son mucho más libres que nosotros porque dependemos de una bajada de línea del epicentro. Pero el epicentro reconoce qué es arte porque está en la revista online Art Daily, por esta lógica elemental ¿no?

Una vez quise organizar el Centro Mundial del Videojuego. Hace unos años estuve dictando un seminario en Río Gallegos, esponsoreada por una empresa de gran envergadura, y el director de la compañía me dijo que invente algo que ellos pudieran realizar. Pensé: “¡Videojuegos!”. No lo aceptaron, no hubo manera. Yo les decía “acéptenlo, porque con pintura no llegamos ya a ningún lugar”. Videojuegos es arte. Es una manera de contestar, de hablar, de simbolizar. Es raro, es querible, es bello y, si es bello, ya “peligrosamente” se acerca al arte. Creo que nadie puede asumir la tarea de decir qué es arte y qué no lo es, nadie puede definir qué es arte a nivel mundial. Yo, como varios otros, lo intenté hacer, pero no soy una voz mundial. El concepto de Bellas Artes ya es viejo. Como retórica, desapareció. Llegó el cine y lo metieron, había vacante. En el siglo XVIII se inventó el concepto de las Siete Bellas Artes, y se incorporó al cine como la Séptima de las Bellas Artes, pero la fotografía no entró, ningún diseño entró. Por eso, hay que renovar. Habría que re-definir qué es arte hoy. Yo hablé de eso, pero una sola persona no puede definirlo, tendría que ser un trabajo conjunto de Estado, comunidades artísticas e intelectuales. Desgraciadamente puedo darte una definición o podemos sacar una maravillosa de entre cincuenta o cien, pero después eso hay que imponerlo y Argentina jamás va a imponer una definición universal. Eso sucede desde Nueva York, Milán, Berlín, París, no sé si desde China. Yo estuve ahí en 2001 y me compré una Historia del Arte Chino, preciosa. Dos ladrillitos, dos tomos, con un hermoso diseño; lo compré principalmente por eso. Llegué a Argentina y empecé a mirarlo. Hablaba de Prehistoria, Edad Antigua, Edad Media, Renacimiento: la periodización occidental, y ellos fueron colonia de esa periodización.

Acá usamos la idea de “precolombino”. Yo me niego a usar ese término. Habla del vencedor que marca un arte del otro. Cualquier palabra marca un “pre”, pero no puedo usar otra expresión, no puedo imponerla. Somos capturados por el lenguaje, podemos inventar pero no imponer. Algunos términos míos, como “completitud”, ya circulan. “Poderosea”, “señorea”, me los corrigen siempre. Desde acá es imposible imponer un nuevo concepto, por eso entiendo —aunque no avalo— que muchos se vayan a París para hacerlo desde ahí. Las generaciones actuales pagan este costo. Siempre importamos, siempre volvemos al principio. Entiendo que sería una oportunidad la de desarrollar un pensamiento reconocido y valido desde acá y no desde España, por ejemplo. Tengo 77 años, pisando los 78. Si quieren escuchar una lista de frustraciones yo la poseo. Y no hablo sólo de frustraciones individuales, también de proyectos en los que he participado. De todos modos, puedo afirmar que, salvo alguno que otro día, la frustración no me ganó nada.

Me molesta mucho cuando le echamos la culpa al mundo exterior: “ahora es así”, “el mundo es así”, “en este mundo no se puede”, “así no se puede vivir”. Pareciera que somos agresivos porque el mundo lo es. No. Hay gente agresiva y gente que no. Las personas que son agresivas tienen excusas para serlo. Yo entiendo acerca del impacto del mundo exterior sobre el sujeto, pero no hay derecho a que el sujeto se desligue de sus responsabilidades por culpa del mundo exterior. No estamos en el paraíso, pero qué suerte que Argentina no es un imperio, no me gustaría vivir en un imperio.

Una vez Ronald Shakespear me preguntó: “¿Marta, por qué siempre estás bien?”. Me quedé pensando. Es verdad, me dura muy poco cualquier malestar. Tal vez es por la Guerra, en Hungría todos pasaron la guerra. No es que en Hungría todos estén bien, es que si vos decidís no dejarte pisar por las circunstancias y te das cuenta de que igual vas a morir, hagas lo que hagas, si entendés eso, vas a sentir que no vale la pena perder días ni en 2002 ni en no sé cuándo. Yo tengo suerte porque el destino siempre me dio una mano para agarrarlo y responder. No me siento particularmente creativa pero creo que siempre pude, de alguna manera, dar respuesta.

Antes era fácil pensar que la gente con voluntad lograba cosas y la que no tenía voluntad, no. Pero ¿qué pasa cuando alguien nace sin la voluntad necesaria? Yo siempre decía “no soy ningún genio”, pero tenía buenas notas, me rompía. Una vez me respondieron “porque vos naciste con voluntad”. Es cierto, yo soy “Marta, levántate y anda, no puedes caer”. No sé si es un don o un mérito mío. Cuando conocí la obra de Giovanni Pico della Mirandola, descubrí un libro sobre la dignidad humana. En un momento describe lo que Dios le dice a Adán, el Hombre: “no te hice celeste ni terrestre, simplemente humano y ahora depende de vos mismo lo que haces, como depende de un escultor lo que hace de sus propia obra”. ¿Qué es lo que le permite a uno tallarse bien y qué es lo que hace que uno se degrade, se convierta en una porquería? El otro día estaba trabajando sobre Botticelli y me llevó a pensar cómo es que cada época construye al pecado. Cuando Dante va bajando con Virgilio al infierno aparecen pecados que hoy no son penables. Por ejemplo, traicionar a tu benefactor, que puede merecer mayor castigo que traicionar al Rey. Dante lo manda al infierno. Me resultó bellísimo. Hoy, ¿cómo controlás eso?, ¿cómo lo condenás? Yo con una persona siempre tenía una sensación de gratitud y siempre la llamaba. Hace poco me di cuenta de que hace dos años que no la llamo y sentí vergüenza, aunque no tengo nada que decirle. Pero no la traicioné, no hice nada penable. Puede ser asqueroso, despreciable, pero no es penable. Para Dante sí lo era. Por eso, cómo construye uno, cómo es la creatividad para cada uno, son todas definiciones temporales, sociales, nunca individuales. Lo mismo pasa con “no matar”. ¿O por qué hay que serle fiel a una Nación cuando de pura casualidad uno nace acá o allá?

No, la creatividad no es un don del azar, pero hay algo ahí que uno decide aprovechar o no. Yo soy hija de clase media profesional, es fácil para mí decidir en cuanto al arte. Pero no sé si estuviese bajo otras circunstancias, por caso si tuviese que sobrevivir en la selva, qué pasaría. Digo esto de “la selva” por un libro que quiero mucho, Los cuarenta días del Musa Dagh, sobre la guerra turco-armenia. En él, unos chiquitos tienen que atravesar la selva.El que creció allí lo logra porque puede descifrar las voces, los sonidos del lugar; el otro muere. No sé cómo podría yo sobrevivir en un mundo cuyos códigos no conociese. Acá me es fácil. La creatividad no es un don y depende de tantas cosas. Puede ser mérito, puede ser suerte. Y se me aparece otra vez que “creativo es occidental y cristiano”, artista siempre es un pintor pero no un diseñador.

Ser creativo también es un campo que se cultiva, aún con pocos recursos. Es clave ser curioso. Me gusta mucho cuando me preguntan en la clase, cuando no está ese miedo a preguntar por lo que va a decir el otro. Pero ahí es, como me dijo alguien, “usted tiene que enseñar a preguntar”. Uno no nace con la pregunta pero sí con las ganas de preguntar ¿Se acuerdan de esa canción en la que el padre se desespera por las preguntas del nene y termina tirándose por la ventana? A mí me molestaba mucho cuando mis papás no me escuchaban, después entendí que estaban cansados. Pero es cierto, hay que enseñar que las preguntas valen. En uno de mis libros cito a Theodor Adorno en eso de que al chico lo silenciamos cuando quiere preguntar. Todos los estudios de Historia del Arte hablan sobre Las Meninas, dicen que el Rey esto, que la Reina aquello, pero pocos inquieren qué pinta Velazquez. Yo pregunto porque tal vez el sistema de represión no funcionó en mí. Ahí también podríamos hablar de un don que me ayuda mucho.

Hace poco dije en una clase que, cuando uno desequilibra valores, surgen líos. Por ejemplo, qué pasa con un marido amoroso que mata a su mujer. Eso plantea El amor, la película que, con lógica, pasó por acá sin pena ni gloria. Estamos encapsulados en el prototipo del buen padre, el buen hijo, el buen marido. No se puede ni pensar que alguien ayude a un amor a pasar del otro lado ¿Quién es bueno? ¿El marido que la mata y después se suicida? A mí me resultó maravilloso. Yo tampoco querría vivir así, no es vida. Pero mientras no haya ley, el Estado toma la decisión. Terrible, ni pensarlo. Es muy difícil cambiar los valores de la vida. Hay que ser muy curioso, asumir que hay que preguntar sobre las diferentes maneras de abordar un tema, un problema. En una circunstancia como la del film, un marido que ama a su mujer ¿qué hace? Hoy hay que preguntar sobre la eutanasia, sobre sexualidad, aborto, sobre tantas cosas. Hay que preguntar. La curiosidad es creatividad, casi ética. Ser curioso es ser ético, no serlo es dejar que las cosas se tapen. Curiosidad es ser humanista —aunque esta palabra no me guste—, querer saber sobre el otro. Siempre sin aprovecharse del otro, o poseer secretos sobre el otro, ejercer poder sobre el otro. Ciertas preguntas son muy importantes. Sin gente que pregunta una clase es un embole, aburrida.

La persona que realmente es creativa no va a preguntarme qué hacer para serlo. Es como preguntar: “¿Qué tengo que hacer para ser bella?”, “¿qué hago para ser valiente?”. Yo creo que no pasa. Esta señora de la torta de zanahoria seguro que ni conocía la palabra creatividad. Yo asocio la impotencia, la falta de sexualidad, con la falta de creatividad. Ser curioso, probar, indagar, soportar desequilibrios a los que la creatividad responde. No creo que alguien pregunte qué puedo hacer para ser creativo, pero si me obligan a una respuesta yo diría “entregate a la vida, no tengas tanto miedo”. Hay un cuento de Franz Kafka, Ante la Ley, en que el personaje con tal de no tener problemas, de no correr riesgos, nunca pregunta, nunca intenta y así se le va la vida. Cuando se da cuenta, ya es tarde, está muriéndose.

En Educación por la angustia, del filósofo Søren Kierkegaard, que me tocó muy fuerte, se desarrolla este tema. Estoy totalmente de acuerdo: uno tiene que entender que no tiene el mundo post mortem, las cosas para bien o para mal se hacen acá. Y cuando uno entiende eso, lo prueba. Tampoco es cuestión de meterse a armar una empresa si uno tiene sólo cinco pesos, es escupir contra el viento, pero hay un nivel de cobardía que no sé a qué se debe. Recuerdo algo lindo: estaba en el doctorado y un gran pensador dio las clases ya enfermo, desde su casa, y hablamos sobre el miedo. Él se levantó, se acercó a la ventana y se quedó mirando. La casa estaba sobre donde pasan los tranvías y había un lugar señalizado con semáforos. Él nos dijo: “¿Ven ese hombre que está corriendo cuando está rojo? Ese hombre tiene miedo de llegar cinco minutos tarde y pone en peligro su vida. Después llega a su trabajo y es capaz de traicionar a su compañero, chuparle las medias al jefe, pero pone su vida en juego por no llegar cinco minutos tarde”. El planteo me atravesó. ¿Qué es lo que uno es capaz de hacer, pagar por una cosa, y qué es lo que uno no haría? Ahí hay miedo. Ahora, si te llevan a un campo de concentración, te torturan, es otra cosa. Pero ¿por qué se paga tanto por la nada? En nuestro mundo, ¿cuánta gente paga cosas miserables por la nada misma? O en un consorcio, para quedar bien con el administrador, hay personas capaces de degradarse, de humillarse. Tal vez nos falta algo de la religión ¿No será que se arrebató demasiado pronto la religión a los hombres? La otra vez fui a un supermercado muy grande y una de las cajeras era una diosa, muy atenta. Cuando llegué a la caja se lo dije: “¡Qué admirable cómo atiende a la gente!”. Me contestó: “¿Cómo no voy a ser amable con usted, profesora?”. Ella quiere recibirse y ser diseñadora. Tiene un proyecto, un cielo protector, pero ¿qué hace una persona que toda la vida tiene que escanear precios sin proyecto alguno? Es fácil para nosotros, pero para esa gente debe ser muy difícil levantarse y decir “qué bueno que hoy tengo que…”.

Crear y criar vienen del mismo origen. ¿Dónde está la delgada línea roja en que uno se cuida para seguir creando y dónde está el límite donde uno es cobarde y no puede crear, y su infertilidad se disfraza de cuidados? Uno se da cuenta cuándo está siendo cobarde. Recuerdo cada una de mis actitudes cobardes con mucha bronca y a veces con vergüenza. No darse cuenta lo acepto hasta los 10 años, pero después no queda esa posibilidad, uno sí o sí registra sus cobardías. Borges decía que uno puede no darse cuenta de que se equivocó, pero sabe si es cobarde. No lo voy a negar a esta altura de la vida, además hay destino, hay azar. Es lindo y peligroso el azar. Uno no sabe qué te trae el mañana. Prendés la computadora y no sabés quién puede haberte mandado un mensaje o si nadie te mandó nada. Eso es azar. Pero si hablamos de cobardía, sí, uno sabe cuándo es cobarde, hay un timbrecito.

No voy a sufrir por aquello que no llevo al otro mundo. Lo que no probaste, no te queda; lo que probaste y te sale mal es menos carga que aquello que no probaste. También está el tema de la cobardía. Si escribiese una novela, quisiera escribir una donde haya una mujer sentada en un shopping, por ejemplo, tomando café, leyendo un diario. Ve un aviso sobre un concurso de textos y decide que va a escribir un libro sobre una mujer sentada en un shopping. Y así, diez mujeres que al mismo tiempo leen la convocatoria de un concurso y cada una escribe sobre una mujer que hubiera podido ser.

Claro, tampoco puede hacerse todo. Sí o sí uno se va con sueños no concretados, pero hay que elegir muy bien cuáles probar y cuáles no.

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Marta Zátonyi ―Bio

Licenciada en Filología Neolatina y Finugor (ELTE, Budapest) y doctora en Estética (La Sorbona, París), es profesora honorífica en la FADU/UBA, titular de la Cátedra de Estética para las carreras de Arquitectura, Diseño Gráfico, Imagen y Sonido e Indumentaria y Textil, docente en el seminario de Estética del Doctorado y en la Maestría de Lógica y Técnica de la Forma, y miembro de la Comisión de Doctorado.